
En el ámbito del Trabajo Social, la revisión de privilegios es un proceso esencial para comprender y abordar las desigualdades estructurales que afectan a las personas y comunidades que atendemos. A través de esta revisión, podemos analizar críticamente nuestras propias posiciones de poder y cómo esto puede influir en nuestra forma de interaccionar con las personas en el ejercicio profesional.
El Trabajo Social es una profesión comprometida con la justicia social y la promoción de la igualdad de oportunidades para todas y todos. Sin embargo, también debemos reconocer que -en tanto profesionales- podemos tener privilegios basados en nuestra nacionalidad, género, situación socio-económica u otros factores. Estos privilegios pueden influir en nuestras perspectivas, suposiciones y acciones, y pueden generar barreras invisibles respecto al «otro» (ser que diferencio por completo de mi, ajeno) y respecto a «lo otro» (su necesidad o su problema).
La revisión de privilegios implica reconocer que nuestras experiencias pueden ser diferentes a las de las personas que buscan nuestra ayuda (quizá comparativamente mejores), y que esto puede influir en la manera en que las percibimos y las tratamos. Nos invita a reflexionar sobre nuestras propias posiciones de poder y a ser conscientes sobre cómo esto puede afectar nuestras interacciones. Al hacerlo, podemos evitar caer en patrones de discriminación o perpetuar desigualdades sistémicas. En cambio, podemos adoptar un enfoque basado en los derechos humanos y centrado en la dignidad de cada ser, comprometidos con el cambio social y la construcción de un mundo más equitativo y justo para todas.
Por tanto, es importante cuestionar y desafiar nuestros privilegios, ya que solo de esta manera podremos ser conscientes de los sesgos implícitos que traen, y trabajar de manera más equitativa y compasiva. Esto implica reflexionar sobre nuestras actitudes, prejuicios y estereotipos, así como estar dispuestos a escuchar y a ser sensibles a las experiencias de aquellas personas que son diferentes a nosotras.
A lo largo de la historia siempre han existido personas -y grupos de personas- que han ocupado una posición de predominio en las relaciones sociales, y no solo por su condición económica, sino también -y especialmente- por su condición jurídica: el privilegio.
La palabra ´privilegio´ suele venir precedida del verbo ´gozar´, en la medida que hablamos del disfrute de una condición o un bien frente al resto de personas. Además, en su sentido etimológico, sabemos que privilegio procede del latín privilegium, formado a partir de privum y lex, que significa ‘ley o medida excepcional (que concierne exclusivamente a un particular)’, y también ‘inmunidad’, ‘prerrogativa’, ‘exención’, ‘privilegio’. Por tanto, en esta primera acepción encontramos que el privilegio marca diferencias entre seres humanos, y sitúa a unas personas en situación de ventaja o desventaja respecto a otras, con la consiguiente consideración o rechazo social.
Las profesiones que desempeñan un papel reivindicativo de la igualdad de derechos para todas las personas que forman parte de la sociedad, son especialmente sensibles a la hora de discriminar estas diferencias de tipo social marcadas por los privilegios, pero lo que no está tan claro es que ellas mismas tomen especial cuidado en identificar los privilegios de los que gozan al pertenecer a un determinado estatus jurídico, en su calidad de profesionales -por ejemplo- designados en determinados centros y/o servicios de las administraciones públicas. Muchas veces -incluso- no se hacen conscientes de la situación de superioridad que tienen frente a las personas a las que atienden, lo que impide que puedan conectar de manera auténtica con lo que trae el otro: necesidades, dificultades, problemas y toda la suerte de dramas varios que pueden experimentar a lo largo de su vida.
Lo curioso es que la toma de consciencia sobre estos privilegios, lo que denominamos «hacer una revisión de privilegios», es una práctica que considero es poco habitual en el desempeño dentro de las Administraciones Públicas, lo que favorece el surgimiento de comentarios y expresiones desagradables, muy poco conectadas con lo que puede significar para una persona el encontrarse en una situación de necesidad, y toda la clase de conductas que puede desarrollar para adaptarse, o incluso para tratar de salir de esa situación, por ejemplo:
– exagerar los síntomas de necesidad para que la otra personas se haga cargo de su situación y trate de ayudarla (llorar, vociferar, exigir…).
– mentir o disfrazar una situación problemática para que la persona que la atiende se haga sensible a su problema y lo ataje de inmediato.
– echar mano en su discurso de personas -conocidas o no- que gozan de privilegios, simulando conocerlas o haber tenido algún tipo de trato con ellas (conozco al Alcalde, o ya he hablado con la Jefa de Servicio…), y todo para tratar de presionar de algún modo y obtener lo que ansía o necesita a través de estas figuras referenciales.
Ejemplos hay muchos, y la situaciones pueden ser diversas, pero estos colectivos profesionales suelen sentirse molestos por todo ese repertorio de conductas para tratar de alcanzar ese bien que la persona atendida desea, y que no tiene, y que ese o esa profesional suele ya aposentar.
Aunque no siempre se muestran conductas tendentes a conseguir algo del otro (profesional) sino que hay veces que las personas muestran un comportamiento que consideramos poco apropiado (personas con un nivel educativo bajo, o que proceden de una cultura diferente a la nuestra y de la cual desconocemos los códigos naturales de comportamiento social). Hace relativamente poco tiempo escuché a una funcionaria increpar a un ciudadano que estaba esperando ser atendido en una larga cola (por temas sociales), y que cometió la imprudencia de toser sin cubrirse la boca, (pero sin dirigir la tos a nadie en concreto), sino al aire de esa sala con mesas numeradas de atención a la comunidad. Esa funcionaria lo miró y le dijo delante de todo el mundo, levantando la voz, que «hay que tener muy poca vergüenza para toser y no taparse la boca, menuda falta de respeto…, la próxima vez se va usted a la calle«. El hombre guardó silencio, no contestó, se mostró avergonzado. Esta mujer, no contenta con haberle llamado la atención delante de todo el mundo, continuó evidenciando un molesto sentimiento de rabia y aversión hacia esa persona, realizando comentarios de queja desde su mesa, por la cual probablemente tendría que pasar cuando le llegara el turno este ser humano.
Puede ser interesante analizar quién realmente tenía el privilegio en esa situación y qué implicaciones conlleva. Al reflexionar sobre quién tenía el privilegio en una situación, es importante tener en cuenta que los privilegios pueden manifestarse de manera invisible o sutil, o a voces, como sucedió en este caso con esta funcionaria. A veces, los privilegios pueden ser evidentes, como cuando una persona tiene acceso a oportunidades y recursos que otras no tienen. Pero también puede haber privilegios menos evidentes, como el acceso a la educación o el poder hablar libremente sin temor a represalias. En este sentido, el señor increpado no abrió la boca en ningún momento.
También es importante reconocer que los privilegios no son estáticos y pueden cambiar según el contexto. En una situación particular, puede haber diferentes niveles y tipos de privilegios en juego. Los privilegios pueden ser fluidos y estar influenciados por factores como el entorno, las relaciones personales y las normas sociales.
Reflexionar sobre los privilegios en una situación determinada puede ayudarnos a comprender mejor las dinámicas de poder y desigualdad que existen en nuestra sociedad. También puede ser una oportunidad para cuestionar y desafiar los sistemas y estructuras que perpetúan los privilegios, y para promover la equidad y la justicia.
La “revisión de privilegios” se entiende como un eje nuclear de la práctica de la justicia social, en el sentido de poner de relieve la desigualdad de oportunidades de acceso a determinados bienes y servicios, y la diferenciación de consideración de unas personas frente a otras por el sólo hecho de pertenecer a un grupo o estrato social.
Se me ocurren una serie de preguntas muy concretas que deberíamos hacernos como profesionales del Trabajo Social, en un sano ejercicio de examen de conciencia ética frente a las personas que atendemos, o con las que trabajamos:
¿Qué piensas que hay en ti que pueda ser un privilegio frente al resto de personas, o frente a las personas que atiendes?
- ¿Qué tengo yo que estas personas no tienen?
- ¿Qué tengo yo que estas personas no pueden tener?
- ¿Qué tengo yo que le ha sido negado a estas personas, por motivos ajenos a su voluntad?
- ¿Qué opciones tengo yo, que estas personas no tienen a su alcance?
Quizá no nos demos cuenta…, pero no todo se consigue con esfuerzo y sacrificio, hay personas que están fuera de todo.
Inmaculada Asensio Fernández.