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El amor, en su forma más esencial, se asemeja a un escáner que nunca se detiene. Recorre la comunidad humana como una luz invisible que, sin proponérselo, examina los códigos de barras de cada persona en desarrollo, siempre abierto a la posibilidad de conexión. No se trata, pues, de suerte ni de destino, sino de legibilidad. Quien tiene su código limpio y nítido, es detectado. Quien lo tiene cerrado, manchado o difuso…, pasa inadvertido para este selectivo detector.
En las sociedades líquidas, donde las relaciones se teclean con la voracidad de los dedos sobre la pantalla, esta claridad se convierte en una rareza. De manera natural, no hay urgencia ni prisa en el proceso del AMOR, porque esta fuerza manifestadora no responde bien a la ansiedad, ni a los ecos repetidos que nos devuelve un grito sordo en una cueva inhabitada. La verdadera presencia no se demuestra, se irradia. Solo quien se ha ocupado de reparar las bases de su bienestar emocional, puede ser detectado nítidamente por esta luz incansable.
En esta época de cortejos fugaces e intercambios efímeros, parece que el amor se ha transformado en una rara avis, cuesta reconocerlo y reconocerse en su abrigo, y se confunde con la búsqueda desesperada de validación instantánea. En los espacios virtuales, las personas se convierten en «perfiles» que se deslizan a la derecha o a la izquierda, en una sucesión de descartes rápidos e impersonales, cuál catálogo de supermercado. Pero, el escáner del amor no funciona bajo esa lógica, no responde a la superficialidad de los algoritmos, sino a la coherencia del ser.
Quien ha comprendido esto se ocupa de su código, de repararlo, de limpiarlo. No necesita que otros lo validen. La luz del amor detecta más fácilmente al que está en paz consigo mismo, pues en momentos de profunda crisis personal la señal se debilita, que no desaparece. Y no es que las crisis nos cubran con una tela gris para evitar ser vistos por el amor, sino que entre el ruido y la urgencia, ese amor pasa inadvertido y queda oculto, dejando entrever que no existe.
Sin embargo, el escáner nunca se detiene. Pasa y pasa sobre todos nosotros, pero solo detecta códigos en abierto, los que no están desconfigurados por el miedo o el des-amor propio. En este contexto, de nada sirve esforzarse para proyectarnos con urgencia para ser vistos por los demás, todo lo contrario: se trata de ser legible para uno mismo. Quien se reconoce a sí mismo, quien se elige y se repara, está listo para ser detectado en esa suerte de destellos.
En las sociedades líquidas, donde las relaciones se evaporan en un sólo click, la estabilidad se vuelve un acto de resistencia en las relaciones de amor. De este modo, quien decide no depender excesivamente de la aprobación externa, ni someterse a la esclavitud de las notificaciones en el móvil, se convierte en un ser sensible y seguro de sí mismo. El escáner detecta esa estabilidad, esa paz, y reacciona a sus comandos en la primera pasada.
El amor no premia a los que mendigan ni a los que suplican. No se inclina ante los gritos, la violencia, la intolerancia, ni los «likes». Más bien se agrada del contacto piel con piel, pero sin necesidad de huir mientras se coloca la ropa. El amor premia la honestidad y la valentía, pero sobre todo la capacidad de reparar en los otros, en un mundo en el que nadie camina levantando la mirada de sus dispositivos electrónicos.
Ya no hay necesidad de correr, de gritar ni de pedir. El amor nos pilla en los mejores momentos, cuando uno brilla, no por éxito, sino por estar regocijado en quién uno o una es, cada cual con su propio relato historiográfico. La mayor revolución es no necesitar que el mundo te vea, sino verte tú, y con los mejores ojos posibles. Ninguna vida es perfecta, pero este acto de brillar nos permite estar abiertos y ser fácilmente detectables al vínculo amable y genuino con los demás. No seres perfectos, pero sí bondadosos y dispuestos a dar lo mejor que tenemos, a compartir con los demás.
Inmaculada Asensio Fernández.