Como trabajadora social, escucho con frecuencia un relato que se repite en muchas mujeres cuando atraviesan el final de su relación. Me refiero a ese sentimiento de haber sido señaladas como las «malas» de la película, como las culpables de haber dinamitado la convivencia por el simple hecho de ser quienes señalaban lo que no funcionaba. Sus exparejas, e incluso las familias de estos, terminan por colgarles la etiqueta de Rottenmeier por ser quienes sacaban los temas peliagudos a flote, asumiendo el desgaste de la confrontación mientras el otro se instalaba en un silencio cómodo.

Es una etiqueta que ignora el proceso previo de soledad y de intentos fallidos por ser escuchadas y atendidas por sus parejas, con todo el sufrimiento que eso conlleva. Antes de esa supuesta agresividad o rigidez, hubo una búsqueda constante de acercamiento que no encontró respuesta al otro lado, y es ahí donde nace la necesidad de sacar a la luz lo que no funciona. Es aquí donde nace la herida Rottenmeier.
Esta herida no es nueva, aunque quizá sí el llamarla así por mi parte, pues creo que nadie ha acuñado el término antes, por este motivo creo que debo atribuírmelo a mi misma, y además es una cuestión de la que hace tiempo me apetece escribir. Me refiero a la situación que se genera en muchas mujeres que se sienten poco apoyadas por sus parejas, ya sea en lo doméstico o en lo emocional (por poner algún ejemplo), y cuando protestan son acusadas de conflictivas.
Con la herida Rottenmeier hablamos de mujeres que se enzarzan en discusiones para tratar de ganar más respeto, colaboración o espacio de decisión en la relación, o al menos no perderlo del todo, y que terminan, supuestamente, generando dinámicas de convivencia muy negativas.
Antes, cuando no existía la conciencia del feminismo, las mujeres ocupaban el lugar menos visible y confrontativo de la relación. Aguantaban, tragaban y se sometían para evitar ser abandonadas por sus parejas, de las que en mayor o menor medida dependían, económica o afectivamente. Pero llegó el feminismo y nos convenció de que teníamos derecho a ser vistas, elegidas, respetadas y acompañadas, derecho a recibir colaboración en todo lo doméstico y familiar, derecho también a ser cuidadas, a compartir genuínamente en toda la extensión del término.
Debido a esta nueva conciencia, nosotras fuimos cuestionando el mandato de género. Las que nacimos próximas a los años 80 lo hicimos con gran esfuerzo y muchas dudas y miedos. El precio de asumir que tenemos derecho a ser apoyadas ha sido, en muchas ocasiones, quedarnos solas o ser catalogadas como mujeres «robapaz», discutidoras y, en definitiva, mujeres Rottenmeier.
¿Y por qué Rottenmeier?
Para quienes recordamos la serie de Heidi, la señorita Rottenmeier personificaba la mala leche, la rigidez y severidad, pero sobre todo la falta de alegría. Era la figura que ponía las normas y señalaba lo que estaba mal, convirtiéndose en el enemigo a combatir para quienes solo querían vivir en libertad.
En el marco de la pareja, cuando se produce la ruptura, muchas de ellas son consideradas las culpables por haber generado un ambiente negativo, por ser «peleonas» o por acabar con la supuesta sensación de paz del otro. A esto lo he llamado la herida Rottenmeier, refiriéndome a esa culpabilización a mi juicio injusta, si se queda solo en eso, que sufren las mujeres que tratan de poner límites para no quedar reducidas a la nada en sus relaciones.
No es fácil. Cuando una mujer que se ha trabajado un poquito a nivel personal trata de ser comprendida y aceptada, muchas veces se somete hasta que llega una bandera roja lo suficientemente grande como para protestar. Y cuando lo hace, escucha frases donde le dicen que está robando la paz al otro, que así no se puede vivir, que es insoportable o que vivir con ella es un infierno. Y todo esto sucede solo por reclamar una mejora que quizá siente que necesita, pero que parece que nunca es buen momento de traer a colación. Puede ser pedir al otro que esté más presente en casa, o hacer más cosas en familia, o ser más afectuoso, o colaborar más en las actividades de los hijos, repartir la carga mental, o simplemente querer pasar más tiempo con su pareja.
Por desgracia no nos enseñan la cultura de la paz en la escuela, ni a ponernos en el lugar del otro, ni a tener empatía o buscar soluciones y construir acuerdos. Lo más normal es tratar de explicar tus necesidades insatisfechas hasta que no puedes más, sobre todo cuando la otra persona niega el conflicto, se separa emocionalmente o huye de confrontar. Esto es muy doloroso, pero por raro que parezca, hay parejas que aguantan años sin hablar de sus cosas, sin expresar sus sentimientos, hasta que algo pasa.
Está más que claro que en las relaciones pasan una gran cantidad de cosas de las que no se habla. Se cuecen a fuego lento y en secreto, levantando muros y tejiendo una gran tela de desconfianza hacia el otro al que amas pero sobre el que hay cosas que no soportas. No encuentras la manera de expresar tu voz ni de ser acogida. No encuentras la forma de hablar sin herir, o de hablar sin ser herida. El miedo al conflicto termina generando un conflicto mayor pero interno, dentro de cada una de las personas. Puede que una de ellas, si es evitativa, lo vaya dejando estar mientras la otra, en un intento de resolver la angustia, vaya abriendo melones que no sepa cerrar y las discusiones vayan aumentando. Las discusiones minan la alegría entre dos personas, minan la espontaneidad y las ganas de acercamiento íntimo, desgastando el amor de pareja.
Muchas veces, las personas que evitan el conflicto culpan irremediablemente al otro de todo lo sucedido. Lo hacen en lugar de reconocer que abandonaron el vínculo sin decir una sola palabra, creyendo que eso es construir paz solo porque no hay ruido. Sin embargo, en ese escenario tampoco hay crecimiento juntos ni verdad compartida. Donde no hay discusión, donde no hay conflicto, hay muerte silenciosa. Hay relaciones que terminan por inanición, en las que nadie abre la herida Rottenmeier pero se vinculan a otras personas sin haber cerrado la relación anterior. Surge entonces la infidelidad o el abandono y, por tanto, la herida de traición.
La herida Rottenmeier se basa en culpabilizar a una parte de la relación de ser quien siempre buscaba el conflicto, sin reconocer que esa es la única forma que queda de intentar llegar al otro cuando el acuerdo de convivencia original se va rompiendo. Cuando ya no encuentras un lugar acogedor en esa relación de dos. Se rompe por falta de colaboración, de atención o de interés genuino. Se rompe con las mentiras, con el orgullo sostenido y con la evitación del conflicto en pos de una paz ficticia.
Todas estas rupturas se pueden dar en silencio hasta que ocurre un cambio más drástico, ya sea una fuerte pelea o la emergencia de un sentimiento hacia una tercera persona. La acción de culpar al otro por la ruptura no ayuda a cicatrizar ni a crecer. Cada uno tiene su parte de responsabilidad, pero desde luego es mucho más sano discutir buscando aclarar, que dejar morir en silencio. La herida Rottenmeier se abre con esa culpabilización y deriva de una herida mayor de injusticia. Cuesta sanarla, porque implica asumir que quien fue señalada como la villana del ruido era, en realidad, la única que intentaba lograr una reparación, o que el vínculo no muriera de inanición… en la más profunda indiferencia.
Por Inmaculada Asensio Fernández.