Cómo cuidar el cierre de la intervención social en servicios sociales comunitarios

Estoy inmersa en la finalización de la tesis doctoral, y trabajando en la aplicación de la herramienta de Auditoría Ética Aplicada a los Servicios Sociales de Andalucía (es una adaptación del instrumento The Social Work Ethics Audit, del autor Frederic G. Reamer).

Este autor confiere mucha importancia a la finalización del proceso de intervención, dado que es un momento de alto riesgo ético, de manera que se hace necesario procedimentar cómo llevarla a cabo para que se realice con las mayores garantías, y de forma similar por parte de todo el equipo.

Y esto conecta bastante con algo que en la práctica de los servicios sociales comunitarios puede ocurrir: dedicar mucho tiempo a pensar cómo iniciar una intervención, cómo diagnosticar, cómo planificar… pero bastante menos a pensar cómo cerrarla.

Cuando pensamos en el cierre de una intervención, conviene detenerse en algunas ideas básicas:

  • El cierre no es un trámite, también es intervención.
  • No debería depender solo de razones organizativas o administrativas.
  • Necesita planificación, valoración técnica y comunicación clara con la persona.
  • Requiere revisar riesgos, especialmente en situaciones que previamente fueron calificadas de mayor vulnerabilidad.
  • También implica cuidar la dimensión relacional y dar sentido a la salida del proceso.

La sesión de cierre, o mejor dicho, de cierre y devolución, es uno de esos momentos donde, sin hacer grandes cosas, puedes hacerlo muy bien o muy mal. Y la diferencia no suele estar en el tiempo que le dedicas, sino en cómo la entiendes. Porque no es lo mismo decir que se cierra el caso, que cerrar un proceso con intención y con sentido.

Cuando hablamos de cierre, no estamos hablando solo de una decisión técnica o administrativa, sino de un momento en el que la persona, o la familia, necesita entender qué ha pasado, qué se ha hecho, qué ha cambiado y qué viene ahora. Y también, aunque a veces se nos olvide, de cómo se queda después de que nosotros salgamos de la escena.

Por eso, leyendo de manera entrelíneas a Frederic G. Reamer (2000) la sesión de cierre y devolución tiene, al menos, tres funciones clave:

La primera es dar sentido al proceso.

Poder mirar hacia atrás con la persona y poner palabras a lo trabajado: de dónde se partía, qué dificultades había, qué se ha intentado, qué ha funcionado más o menos, qué ha cambiado… No se trata de hacer un informe en voz alta, sino de construir un relato comprensible y compartido. Esto ayuda a que la intervención no quede como algo difuso, sino como una experiencia que otorga orden y significado, para la persona profesional y para la persona atendida.

La segunda función es reconocer y devolver.

Devolver avances, esfuerzos, capacidades, incluso en procesos que no han sido especialmente exitosos en términos clásicos, porque hay situaciones de gran complejidad en las que, aunque se produzcan algunas mejorías, las condiciones de vida siguen siendo muy difíciles. A veces el mayor cambio ha sido sostener una situación, pedir ayuda o vincularse mínimamente, y eso también merece ser nombrado. Esta devolución tiene un enorme poder simbólico para la persona, y un impacto directo en cómo se percibe a sí misma y a su situación, y en cómo afrontará lo que venga después.

La tercera función es preparar la salida.

Y aquí está uno de los puntos más delicados. Cerrar no puede significar dejar en vacío. La sesión debería servir para aclarar qué pasa a partir de ahora: si hay otros recursos, cómo acceder, qué señales de alerta tener en cuenta para pedir ayuda, dónde acudir si la situación se complica. En algunos casos, incluso, acordar pequeños seguimientos o dejar la puerta abierta de forma clara.

A todo esto se suma algo que a veces no se nombra, pero que está muy presente: la dimensión relacional. Las intervenciones generan vínculo, en mayor o menor medida. Y ese vínculo también se cierra. Hacerlo de forma brusca, fría o precipitada puede dejar una sensación de abandono difícil de reparar para esa persona. Hacerlo de forma cuidada, en cambio, ayuda a que la relación se cierre bien, sin necesidad de prolongarla artificialmente.

Desde una mirada ética, hay además una pregunta de fondo que conviene no perder de vista:

¿Es este un buen momento para cerrar? Es decir, ¿La decisión está basada en una valoración actualizada de la situación y de los riesgos, o responde a otros factores, como la carga de trabajo, los tiempos o la organización? Especialmente en situaciones que previamente fueron calificadas de mayor vulnerabilidad, esta pregunta es obligatoria, y por supuesto realizarla en equipo.

Y, por último, algo muy sencillo pero nada menor es ponerle nombre a ese momento, por ejemplo:

  • Sesión de cierre de la intervención
  • Sesión de cierre y devolución del proceso de intervención

Si le ponemos nombre estamos dando a entender que este momento es importante, que no es un trámite más y que merece ser trabajado con la misma intención que el resto del proceso.

En definitiva, cerrar bien no es añadir más trabajo, sino hacer mejor el que ya hacemos. Porque una intervención no termina cuando dejamos de ver a la persona, sino cuando conseguimos que lo vivido tenga sentido también para ella.

Inmaculada Asensio Fernández. Directora de la Estrategia de Ética de los Servicios Sociales de Andalucía.

Fuente: Reamer, F. G. (2000). The social work ethics audit: A risk-management strategy. Social Work45(4), 355-366.

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