De malospadres, malasmadres y otras hierbas

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Ilustración de Paula Bonet, tomada de: https://images.app.goo.gl/N8YzbwJZ8M3GDiyX8


Recientemente he leído un artículo que habla sobre los padres y las madres que son tóxicos para sus hijos e hijas, en el sentido de egoístas, poco generosos, manipuladores emocionales que chantajean y humillan a estos hijos e hijas, por el mero hecho de encontrar una relación de subordinación por parte de aquellos que nacieron a través de ellos: en definitiva, malospadres y malasmadres desde que sus descendientes son bien pequeñitos.

Vaya por delante que no existe una madre o un padre perfecto, y que entiendo que la labor parental no es ni mucho menos sencilla; igualmente, es bastante más fácil juzgar una mala acción que no tenerla. Es por eso que admiro mucho a quienes cometen errores, los reconocen y piden disculpas, además de preocuparse por hacer una reparación, si hay daños.

No tenemos una vida para ensayar y otra para actuar, sólo tenemos una… y la vivimos y punto; esto implica admitir que vamos a equivocarnos algunas veces, por lo que conviene practicar la reflexión para asumir nuestras responsabilidades. Una cosa es cometer errores de manera inconsciente, y la otra es tratar mal o mal cuidar a nuestros hijos e hijas, sin preocuparnos lo más mínimo por su bienestar y sólo pensando en el nuestro.

A nivel social, de la figura de un padre o una madre siempre se espera lo mejor, como mínimo, que sean los que sostengan el entramado familiar y que nunca renuncien a proteger, apoyar y amar a sus descendientes, por encima de todas las cosas. Sin embargo, la realidad muestra una y otra vez que, aunque esta es la función social que se espera de ambas figuras de apego, son muchas las veces en las que no se dan ni ese apego, ni esa protección, ni ese apoyo, ni ese amor incondicional hacia los hijos e hijas, con las consiguientes consecuencias emocionales para esas generaciones futuras.

Desde luego, cuando hablamos de consecuencias tenemos que tener en cuenta que -respecto al maltrato o trato malo- hay grados, y en los casos más graves el daño aumenta y requiere de una reparación mayor, y la mayor parte de las veces nunca llega, aunque hay excepciones. . .


Él tenía tres hijos. Provenía de una familia desestructurada y fue maltratado duramente de niño. Con la edad de 21 años se casó, y al poco comenzó a beber en exceso (…) . Siendo sus tres hijos muy pequeños comenzó a pegar a su esposa, en presencia de los hijos… Y fueron naciendo más, hasta llegar a 8. Un día uno de estos hijos -ya adolescente- le plantó cara en un momento que estaba agrediendo a su madre. Él se fue y no regresó. Jamás los ayudó económicamente, ni contactó con ellos, marchó a vivir a otra ciudad. Sin embargo, al envejecer volvió y encontró a sus hijos ya mayores, con sus vidas hechas. Él comenzó a requerir cuidados y a exigir a sus hijos que lo atendieran, pero ellos se negaron. Fue huraño y agresivo toda su vida, pero en su lecho de muerte pidió llamar a sus hijos e hizo algo que ninguno hubiera esperado: les pidió perdón, y murió. Ellos se sintieron muy reconfortados con este gesto, aunque no cambió lo que habían vivido, pero les ayudó bastante.


No es necesario llamar a la puerta de Freud o de Piaget, para darse cuenta del enorme daño que este tipo de crianza y de conductas autoritarias o negligentes genera en los hijos e hijas, sin dejarles mucha salida para la gestión emocional, en esas fases de vida tan tempranas. Y claro está, surgen los sentimientos de culpa perpetua, o los traumas y las heridas que forman parte de la mochila de esas infancias robadas, por quiénes no supieron estar a la altura, quizá por estar saturados de problemas y de carencias, o por pura ceguera… cada caso es un mundo.

Los cuidados parentales son necesarios para asegurar un buen desarrollo psicológico y emocional de los hijos, por eso es tan importante trabajar los “tratos buenos” o “buenos tratos” de padres y de madres hacia hijos e hijas, para prevenir males mayores, o simplemente para tratar de no sobrecargarlos con responsabilidades, culpas y sufrimientos que no les corresponden…, y en consecuencia promover su amor propio y autoestima.

En mis 17 años de ejercicio profesional como trabajadora social, me he topado con personas que han maltratado -o que no han tratado bien- a sus hijos e hijas –siendo estos infantes- y ahora que son adultos les exigen atención y cuidados, y les culpan por sus problemas emocionales o de salud, generando un enorme malestar y tejiendo un hilo invisible y pegajoso que mantiene enganchados a esos hijos e hijas a dinámicas de relación tóxicas y enfermizas…, sin posibilidad de liberarse de ellos.

La vida sería un lugar mucho más amable y ecológico –emocionalmente hablando- si los padres y las madres dejaran a sus hijos e hijas tomar la vida e iniciar su propio proyecto, sin cargas ni condenas, simplemente para ser libres y buscar su propio sentido a todo lo que les rodea. De hecho, desde el punto de vista de la sensatez y de la protección al medio ambiente, si no se piensa hacer nada para reparar el daño causado al entorno, lo mejor siempre sería no seguir dañando, retirarse y no lanzar más basura allá donde no la vamos a recoger, y de este modo, permitir que ese entorno sea limpiado por otras personas e instancias.

Los hijos y las hijas deberían ser libres, máxime cuando revelan pasados perversos de manos de sus padres; pero debido a exigencias sociales y civiles sobre una base moral incuestionable, muchas veces se ven obligados y obligadas –incluso por los servicios sociales o sanitarios- a hacerse responsables de sus progenitores cuando caen en una situación de dependencia…: (¡lo exige el Código Civil, vociferan algunos y algunas profesionales!) sin reparar en toda la clase de ordalías que esos hijos –hoy adultos- han vivido en sus infancias de manos de sus progenitores, por los que no fueron protegidos, cuidados ni amados.

Yo me suelo rebelar ante este tipo de comentarios en reuniones técnicas o en contextos profesionales, en los que se toman decisiones sobre el tipo de recurso social más conveniente para una persona en situación de dependencia, por ejemplo. Siempre digo: “si el padre o la madre no la cuidó, ¿por qué tenemos que forzar a ese hijo o hija a cuidar a sus padres; por qué tenemos que pedirles que paguen un recurso privado, o que se los lleven a su domicilio a vivir, si manifiestamente no quieren hacerlo? Apelar a los artículos que van del 142 al 153 del Código Civil, sobre la obligación de alimentos entre parientes, sin valorar el menoscabo y el dolor que puede provocar nuevamente a esos hijos el exigirles ser proveedores de lo que no recibieron: cuidados y amor…, me parece que vuelve a lesionarlos”.

Lógicamente, como trabajadora social, siempre me empeño en trabajar nuevos roles de cuidado en las familias, cuando surgen situaciones de dependencia, pues siempre hay un tiempo de reajuste ante la nueva situación, y generalmente los hijos deben asumir nuevas responsabilidades. Pero una cosa es apoyar para alcanzar acuerdos y gestionar la cronicidad de los cuidados, y otra cosa es forzar, por ejemplo, a una hija, a ejercer de cuidadora cuando te mira a los ojos y te dice: “mi padre me maltrató, o mi madre no me cuidó, se fue de casa cuando yo era pequeña y me dejó al cuidado de un familiar (…), yo no quiero hacerme cargo de él o de ella”.


Llega a mi cabeza otra situación, un caso que tuve hace años: visité a un señor de edad avanzada y con gran dependencia (grado III). Vivía con su nieta y la relación parecía normalizada. Ella decidió, impulsada por su madre y por la familia extensa, cuidar de su abuelo para evitar que ingresara en una residencia.  Sin embargo, a los meses viene a verme muy agitada y me comenta que tenemos que ingresar a su abuelo cuanto antes, que no puede seguir con ella y tiene que ser ¡ya! Hablamos a solas y me traslada que ese señor no es su abuelo, es su padre…, bueno, más bien me dice que ella es su hija-nieta. Por resumir el tema: el supuesto abuelo abusaba de su hija adolescente (madre de la supuesta nieta), y la tuvo a ella (…). La historia es muy larga y con muchos detalles escabrosos, pero ella se sentía obligada moralmente a cuidar de su padre-abuelo; sin embargo, él tenía conductas sexualizadas hacia ella que no soportaba, incluso con sus hijos (…). Ante una situación de este calado, no se puede exigir a la víctima que siga cuidando a su perpetrador, creo que está muy claro. 


Lo siento, yo no tengo ninguna fuerza moral para incitar a la obligación a estas personas, en virtud de lo que establece el Código Civil. Ese tipo de declaraciones, tan fuertes y duras, no te las dice todo el mundo, no es una estrategia común para que los padres sean atendidos con mayor premura que el resto… Esto te lo dice quién ya fue roto en algo verdaderamente importante de su vida: su confianza e integridad.

Llegados a este punto, hago un paréntesis para recomendar un par de libros de la psicóloga alemana Alice Miller (reconocida por su trabajo en maltrato infantil): “El origen del odio”, o “El cuerpo nunca miente”. Ella aborda los abusos, el maltrato y la negligencia en la infancia de una manera respetuosa y magistral, más recomienda alejarse de los progenitores que arruinaron las vidas de sus hijos e hijas, para tratar de iniciar y sostener la propia vida, tomando otras referencias más saludables que aquellas.

La vida adulta de una persona que ha sido maltratada en la infancia, requiere de un importante trabajo personal (terapia), y también requiere de un adecuado entrenamiento para adquirir habilidades personales y sociales que le ayuden a generar vínculos sanos con el medio, para trabajar el valor más importante de todos –aquel con el que no se juega- LA CONFIANZA. A través de la toma de conciencia sobre sus carencias y traumas, deberá luchar para tener una adecuada calidad de vida y para aprender a relacionarse desde la óptica de los buenos tratos y las relaciones positivas. Y, aun así, su proyecto de vida siempre estará en construcción, en el sentido de que tendrá que ser rehecho periódicamente, a través de la adquisición de nuevas herramientas y de auto-protectoras decisiones.

Sin embargo, también encontramos a los hijos e hijas que, a pesar de todo lo descrito, desean cuidar a sus padres porque encuentran en esta nueva etapa (en la vejez o en la enfermedad de sus progenitores) una posibilidad de acercarse a ellos desde otro lugar, para tratar de generar experiencias positivas y de cariño, y así poder contrarrestar los malos recuerdos (…). A este respecto, si se hace desde la óptica del uso de la libertad de elegir, no tengo nada que objetar.

Para finalizar, si quiero añadir que entiendo que las cosas no son blancas o negras, pero todas las personas tenemos tesis que tratamos de argumentar y defender, y respecto a este tema, esta es la mía: si no dieron amor, ni protección, ni cuidados a sus hijos…, poco o nada pueden exigir de ellos. 

Precisamente, antes de publicar esta entrada de blog se la he dado a leer a una persona a la que aprecio muchísimo, y me ha dicho: “Inma, me gusta mucho lo que has escrito, es muy auténtico, pero seguro que hay personas que se ´escuecen´ al leerlo y dicen: los padres son los padres, y las madres son las madres… y hay que cuidarles a pesar de todo”.

Bueno, es una opinión y para mí todas son valiosas. De hecho, estoy abierta a recibir comentarios y entiendo que pueda haber opiniones discrepantes. Si están bien argumentadas pueden tener cabida, claro que sí.

Inmaculada Asensio Fernández.

 

 

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