¡No te rías de mí! Situaciones en las que los cuidados infantilizan a las personas mayores

Cuando tienes conciencia ética hay determinadas situaciones que te generan incomodidad, y es la manera que encuentra tu sistema de valores para decirte que ese no es el camino, te pide un posicionamiento frente a esa determinada situación.

Os quiero compartir algo que he hace un tiempo viví durante una valoración de dependencia en una residencia de personas mayores, no para señalar a nadie -ni mucho menos- sino para poner foco en aquellas situaciones relacionales que generan daño a otros en el espacio profesional, a veces sin que nos demos cuenta para poder reparar el malestar causado. Y me apetece hablar de esto porque considero que es bastante habitual en las residencias de personas mayores, yo lo he visto en mayor o menor grado varias veces, y considero que es una manera comúnmente aceptada de tratar a las personas ancianas, que se ha podido instalar en el contexto de cuidado residencial hasta el punto de hacerse prácticamente invisible.

Hace ya un tiempo acudí a una residencia para realizar la valoración de dependencia a una mujer mayor cuya situación de salud era especialmente compleja. Presentaba problemas físicos importantes, alteraciones neurológicas y problemas de salud mental que cursaban con un estado de ansiedad constante, sobre todo ante estímulos no rutinarios, como lo era por ejemplo mi visita. El día de la visita no había ningún familiar que pudiera acompañarla, por lo que pedí a la trabajadora social de la residencia que estuviera presente durante la valoración.

Desde el momento que accedí a la habitación de la señora, quién solía estar en su dormitorio permanentemente porque vivía rodeada de miedos y ansiedades, percibí que estaba muy angustiada. Emitía constantemente pequeños sonidos de queja y preguntaba si iba a tardar mucho en irme, que se sentía mal con mi presencia, tenía miedo, mucho miedo.

La trabajadora social conocía perfectamente la situación de la señora e intentaba tranquilizarla, y lo hacía desde una enorme familiaridad. Lanzaba expresiones del tipo: «Ay, si tú sabes que yo te quiero mucho». «Pero no pongas las piernas ahí que te vas a hacer daño» (en un momento que trataba de salir de la cama poniendo los pies sobre la barandilla). «Chiquilla, pues levántate un poco y estarás mejor»... Y así todo el tiempo. Había cariño, sin duda. O, al menos, intención de cariño. Pero mientras avanzaba la entrevista comencé a sentir una cierta incomodidad que en aquel momento todavía no sabía nombrar.

La mujer empezó a pedir medicación para tranquilizarse, una pastilla (ansiolítico) y lo repetía una y otra vez, mientras se quejaba con sonidos de lamento. La trabajadora social le decía que se esperara un poquito, que tenía que aguantar un rato, que no podía estar continuamente tomando medicación.

Ante la insistencia de la mujer, la profesional cogió el teléfono y llamó a quien correspondía para pedir que le trajeran la medicación, y entonces dijo algo a esa persona parecido a:

«Nada, que ya está pidiendo sus gominolas. Anda, tráele una de sus chuches, porque si no no vamos a poder seguir con la entrevista».

La mujer parecía, aparentemente, completamente ajena a nuestra conversación. Seguía con sus sonidos de queja, angustiada y aparentemente encerrada en ese mundo difícil de interpretar desde fuera de su mente o de su conciencia; pero antes de que la trabajadora social colgara el teléfono con la profesional a la que había pedido que trajera las citadas «chuches» (ansiolíticos) la señora le dijo con total claridad:

«No te rías de mí».

A mí aquella frase me heló por dentro, porque esa mujer que parecía ausente de la situación, debido a su estado de agitación, estaba comprendiendo perfectamente lo que estaba sucediendo a su alrededor, estaba allí aunque no se la estaba viendo. Estaba escuchando, estaba comprendiendo, y había entendido perfectamente que estaban hablando de ella y qué significaban esas gominolas. Había percibido el componente de burla y lo rechazó a través de sólo cinco palabras: no te rías de mi.

Recuerdo que sentí suficiente incomodidad como para tratar de hacer visible lo que acababa de presencial, y le dije a la profesional algo así como «fíjate, se ha dado cuenta perfectamente de lo que has dicho, y te ha pedido que no te rías de ella». La profesional (muy ajena aún incluso a que yo misma estaba tratando de marcar un límite ante esa actitud) no dijo nada, sólo siguió con normalidad con todas sus expresiones de excesiva familiaridad (con lo que yo te quiero, que quiero que estés bien, que ahora llamo a las niñas para que vengan y te ayuden a ir al baño, etc.).

Desde aquel día he pensado bastante en aquella escena, porque creo que hay muchas situaciones en las que hacemos daño y no nos damos cuenta de ello. Esta escena que relato no duró más de cinco minutos, y después de que le trajeran la pastilla seguimos con la valoración, pero yo todavía recuerdo perfectamente la incomodidad que yo misma sentí, y desde ese lugar me pregunto:

¿Qué fue exactamente lo que percibí? ¿Era falta de respeto? ¿Exceso de confianza? ¿Paternalismo ¿Infantilización? ¿Edadismo?

Probablemente había un poco de todo ello y creo que merece la pena detenerse a pensarlo, porque trabajar con personas mayores tiene unas implicaciones éticas muy concretas, y creo que caer en estos excesos de confianza o mal llamado cariño deja de ser inocente si genera malestar, y esto es algo que desde el punto de vista ético no tienen muy claro las residencias. Este es un riesgo ético por excelencia, obviar, infantilizar, ignorar cómo se siente una persona mayor en un entorno que no es el suyo, alejada de sus redes de afecto y dependiendo de terceras personas para realizar sus actividades más básicas, como por ejemplo poder sentarse en la taza del wáter.

Quiero aclarar algo antes de continuar, y es que yo no percibí mala intención en aquella trabajadora social, más bien todo lo contrario. No creo que con su manera de hablar sobre su medicación quisiera humillarla, sino que probablemente estaba convencida de que la trataba con cariño y posiblemente mantuviera con ella una relación cercana después de muchas horas de convivencia residencial. Y digo esto porque llevo años visitando esa y otras residencias, y veo que se interesa por gestionar y tramitar asuntos de interés de sus residentes, y es muy concienzuda para tratar de conseguir una valoración lo antes posible, para beneficiar a la persona y sus familias; más, cuando detecta una situación de urgencia económica para una persona que puede poner en peligro su estancia en la residencia, trata por todos los medios de ayudarla, para que no pierda la plaza, y se coordina con servicios sociales y con el servicio que sea necesario. Precisamente por eso aquella escena me parece especialmente interesante desde el punto de vista ético.

Las cuestiones éticas más importantes no surgen de la intención deliberada de hacer daño, sino más bien son el resultado de determinadas prácticas que se normalizan hasta tal punto de que la propia persona que las realiza no las ve. Por esto es tan importante impulsar la ética desde las organizaciones, para aprender a mirar de cerca aquello que la costumbre ha convertido en invisible.

Y lo que ocurrió en esa escena aquella mañana tiene un nombre, se llama infantilización, y se materializa en la práctica habitual de determinadas formas de trato hacia las personas mayores por el sólo hecho de serlo, y especialmente en contextos residenciales, ya que se las sitúa en un plano simbólico en una posición semejante a la infancia (dependientes de terceras personas y sin capacidad de decisión, de manera que se habla en su presencia de situaciones que les afecta sin ser muy conscientes de que están presentes en la sala).

La infantilización de las personas mayores lleva décadas estudiándose, y según he podido leer en una búsqueda rápida en internet, Mary L. Gresham fue una de las primeras autoras en abordar específicamente este fenómeno aplicado a las personas mayores y, en 1976, publicó The Infantilization of the Elderly: A Developing Concept, un trabajo en el que analiza cómo determinadas formas de trato pueden situar a las personas mayores en una posición infantilizada. El artículo puede consultarse en PubMed: The Infantilization of the Elderly: A Developing Concept

El credo que mueve estas infantilizaciones es algo así como:

Yo soy el adulto competente y tú eres alguien a quien hay que dirigir.

Y lo peligroso de este mensaje es que puede transmitirse incluso diciendo cariño, mi niña, si yo te quiero muchísimo. Y sin darnos cuenta caemos en un edadismo que conscientemente no trata de despreciar o invalidar a las personas mayores, es como un edadismo benevolente en la apariencia, pero aunque esté envuelto en formas de cariño, ternura y protección, realmente son muy invalidantes y humillantes, pero es difícil ponerse en lugar de las personas ancianas, sobre todo cuando se es plenamente autónoma o joven. Como que queda lejos, no se ve ni se siente cómo lo puede estar sintiendo el otro.

Podemos sentir afecto por alguien y, al mismo tiempo, reducir su autonomía, hablar por ella, decidir por él o tratarlo como si hubiera dejado de ser un adulto. Es una forma de edadismo particularmente difícil de detectar en los centros residenciales, donde todos los procesos de trabajo esenciales se centran en el cuidado.

Desde entonces pienso también en aquella frase que la profesional repetía: tú sabes que yo te quiero mucho.

Y también te digo que en un una residencia también pueden existir relaciones profundamente significativas entre profesionales y residentes, no niego ni cuestiono la presencia del afecto, somos seres humanos y por tanto sensibles, y esos sentimientos se pueden dar también en el intercambio profesional diario, sostenido en el tiempo… meses… años. De hecho, probablemente sea deseable que proliferen esos buenos sentimientos, pues la cercanía de un ser humano es un aspecto que no pueden proporcionar los robots, y el tema de los cuidados proporcionados por robots también tienen esas otras implicaciones éticas, la despersonalización, la frialdad, el excesivo pragmatismo desprovisto de emoción, y tampoco se trata de eso.

Sin embargo, considero que una relación afectuosa no debería borrar la relación entre dos personas adultas, porque hay una diferencia entre cercanía respetuosa y familiarización del cuidado que invisibiliza al otro. Por eso creo que debemos preguntarnos continuamente qué tipo de relación construimos con el otro.

Podemos ser cercanas, en algunos momentos bromear, pero para mí hay un indicador claro entre la broma respetuosa y la que no lo es; con la broma respetuosa nos reímos las dos, en sintonía y con sinceridad, no impostura. Con la broma irrespetuosa sólo se ríe quién la emite, y generalmente se ríe sola.

Respecto a la señora a la que fui a valorar, más tarde, ese mismo día, supe algo de su historia que me hizo reflexionar aún más en todo lo ocurrido. Durante gran parte de su vida profesional había desempeñado un puesto de alta cualificación, llegando a ocupar un cargo directivo en una gran compañía y asumiendo importantes responsabilidades, hasta que comenzaron a aparecer de forma progresiva sus problemas de salud, con una afectación cada vez mayor también de su salud mental, especialmente en forma de ansiedad. Conocer esta parte de su biografía me hizo aún más consciente de la facilidad con la que podemos obviar la trayectoria de vida y capacidades que ha tenido una persona, para acabar viéndola únicamente como una persona dependiente, sin considerar otros muchos aspectos que han formado parte de su vida.

Considero que, al final, de lo que se trata es de no dejar que la situación de dependencia, la enfermedad o el deterioro nos hagan olvidar que delante seguimos teniendo a una persona adulta, con una historia, una identidad, una voluntad y una dignidad que no desaparecen porque necesite cuidados. La infantilización puede presentarse bajo formas aparentemente afectuosas, cercanas o protectoras, pero cuando reduce y desvaloriza a la persona, habla por ella, decide por ella o deja de escucharla, deja de ser una forma respetuosa de cuidado. Por eso creo que debemos permanecer atentas a esas pequeñas escenas cotidianas que, precisamente por habituales, pueden pasar inadvertidas.

A veces la conciencia ética empieza cuando nos detenemos ante algo que nos incomoda y nos hacemos preguntas: ¿qué me está pasando con esto? ¿qué está ocurriendo realmente en esta situación?

Inmaculada Asensio Fernández

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