Manos que no dais, ¿qué esperáis?

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Imagen tomada de: http://goo.gl/xVk35M

Dar y recibir es un ejercicio necesario para intercambiar los afectos entre las personas, además de que nos hace más felices y dignos ante los ojos de la madre naturaleza, en el sentido de que colabora con la supervivencia y desarrollo de la especie.

Los seres humanos somos sociales, aunque haya ocasiones en las que la autosuficiencia se alce como portavoz y protagonista de nuestras vidas -aunque sea por un lapso de tiempo- contribuyendo en la creación de una imagen personal interna de poder y fuerza, pero que se asemeja a un gigante con los pies de barro.

Todo el mundo necesita alguien a quién amar y alguien que lo ame, llámese familia, amigos, amores o amantes –como se les quiera llamar, pero la corriente del amor circula y se siente sólo cuando va y vuelve, es decir, lo depositamos en otro y lo recibimos de otro. Sin embargo, hay ocasiones en las que el dolor provocado por nuestras heridas (cada uno ha librado sus propias batallas) nos impide sentir el calor de ese amor que los demás pueden brindarnos y -lo que es más común- nos dificulta expresar nuestro amor a los demás, y mostrar un comportamiento y habilidades adecuados a las situaciones y a la confianza dada en el marco de una relación. Esta situación, sostenida en el tiempo, puede generar distanciamientos e incluso fracturas que nos hacen sentirnos aislados y no amados.

El rencor y el orgullo son peligrosos. Cuando nos sentimos profundamente ofendidos y somos incapaces de acercarnos a quién queremos, o incluso somos incapaces de perdonar a quién nos ha dañado, de algún modo nos estamos colocando en una posición de superioridad frente al otro que es muy difícil de abandonar. Si me enfado contigo y no te perdono la ofensa, es porque yo tengo la razón; y si tengo la razón es porque –aunque sea solo en ese asunto que nos ha enemistado- yo soy mejor que tú. Y desde la óptica del “yo soy mejor que tú, o lo hago mejor que tú” me siento en un lugar de poder frente a ti que no voy a soltar de manera sencilla, pues aunque me duela, aunque me queje, aunque me sienta la víctima… me ayuda a saberme fuerte, y eso es justamente lo que muchas personas necesitan: la legitimidad de sentirse mejores, aunque sólo sea a través de las ofensas que sufrieron de manos de otros.

Todo esto que te une o te separa de los demás está guardado en un cofre. Un cofre pequeño y simbólico que albergas dentro de ti y que va a condicionar en gran medida tu forma de relacionarte, y tu capacidad de atesorar amargura.

¿Estás enfadado con alguien? El tamaño de tu enfado puede ser proporcional al tamaño de la ofensa recibida, pero también al tamaño de tu orgullo; y ese orgullo es proporcional al tamaño de tu sensación de poder frente al otro. Y tu sensación de poder frente al otro, es proporcional al tamaño de tu amargura.

Manos que no dais, ¿qué esperáis?

Esperas que sea el otro el que te pida perdón. Esperas que sea el otro el que se acerque a ti. Esperas que sea el otro el que cambie y se ajuste a lo que tú quieres o necesitas… pero, ¿qué vas a hacer tú?

Autora: Inmaculada Asensio Fernández

4 comentarios en “Manos que no dais, ¿qué esperáis?

  1. Antonio dijo:

    Manos que no dais, que esperáis? Gran reflexión compañera! Es muy importante la posición desde la que nos situamos en cualquier relación y es especialmente difícil como indicas, cuando nos sentimos heridos, si no queremos caer en el boicot hacia la otra persona o que sea síntoma de nuestras deficiencias.

    Ante un enfado, hay que relacionarse desde el afecto, tratando de liberar nuestros sentimientos para resetearnos y comenzar de nuevo desde otra posición. Esto nos llevará a crecer y aprender.

    Para sanar a uno mismo, hay que soltar.

    Tenía ganas de escribirte, ya sabes que te leo. Besos

    • inmaculadasol dijo:

      Antonio, muchas gracias por comentar la entrada de blog. Relacionarse desde el afecto, liberar nuestros sentimientos… está claro que nos lleva a crecer, aprender y a superarnos.
      Te aprecio mucho Antonio, un abrazo.

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