A partir de la ethica cordis de Adela Cortina, Fran Idareta (2021) nos invita a pensar qué virtudes morales necesita cultivar un buen o una buena profesional del Trabajo Social. En diálogo con esta propuesta, Nuria Cordero, Raúl Álvarez y Manuel Flores (2025) nos recuerdan que esas virtudes necesitan también condiciones institucionales, relacionales y laborales que las hagan posibles, y esto porque, en su manera de verlo, la ética profesional no vive solo en la conciencia individual, sino también en la forma en que los servicios cuidan, o descuidan, a sus trabajadores y trabajadoras sociales (es decir, a quienes cuidan).
El Trabajo Social es una profesión profundamente vinculada a la vida cotidiana de las personas, en la medida que acompaña situaciones de vulnerabilidad, sufrimiento, dependencia, conflicto, exclusión, soledad o pérdida de derechos. Por eso, la intervención profesional requiere conocimientos técnicos y normativos, capacidad de análisis, manejo de recursos sociales y responsabilidad, pero también requiere una manera ética particular de posicionarse ante la otra persona. Es una profesión que se desenvuelve en el acto de cuidar al otro.
Idareta parte de la preocupación de que quienes ejercen como trabajadores y trabajadoras sociales seguramente conocen bien los principios éticos de la profesión, pero no siempre los visten, entendiendo vestir como encarnar, por tanto, esta preocupación de Idareta es que el conocimiento no garantiza su expresión automática en la forma habitual de actuar en su práctica cotidiana, que es donde realmente la ética cobra sentido. Y lo que sucede es que esa práctica cotidiana se desarrolla en la relación interpersonal entre profesional y persona atendida, por tanto, en la escucha, en la toma de decisiones, en la defensa de sus derechos y en la forma concreta de acompañar cada situación.
Aquí, Damián Salcedo Megales (2015) toma la palabra para aportar un matiz interesante y centrar esta conversación en quienes ejercen como profesionales al servicio de la ciudadanía. Para Salcedo, igual que para Idareta, la profesionalidad no se agota en el saber hacer técnicamente un trabajo, sino que compromete una forma de ser y de responder ante las personas a través del comportamiento. Quien ejerce en los servicios públicos se presenta ante la ciudadanía desde una posición de confianza institucional, y esa ciudadanía espera una actuación responsable, honesta, cuidadosa e íntegra. Por eso definimos a una empleada pública como buena profesional, por la manera cómo encarna los valores de su profesión en la relación de servicio. Sobre todo porque la Administración Pública se confunde con un gigante, inaccesible muchas veces, frente al que los ciudadano se sienten pequeños y desorientados, pero la relación de servicio permite conectar con la confianza.
Aquí aparece la propuesta de Adela Cortina, tal como Idareta la trae a conversación, que habla de una ética de la razón cordial, expresión que según la interpretación que hace este autor, la une a dos dimensiones que en Trabajo Social caminan siempre juntas, como son la razón y el corazón. La razón permite analizar, valorar, ordenar la información, deliberar y tomar decisiones prudentes. El corazón permite reconocer la dignidad de la otra persona, captar su sufrimiento y sentirnos moralmente concernidas por lo que le ocurre (compasión=sentir con el otro, ir a su encuentro).
Pero ojo, nos recuerda también Idareta que la ethica cordis no propone una ética sentimental, sino una ética sensible y lúcida, capaz de pensar bien y de sentir bien. Una ética que reconoce que todas las personas somos vulnerables, y que precisamente por eso estamos vinculadas las unas a las otras. Esa vinculación genera la responsabilidad de responder ante la otra persona cuando su dignidad, su bienestar o sus derechos están en juego.
La virtud central que Idareta destaca a partir de Cortina es la cordura, una forma de sabiduría práctica que va más allá de la sensatez, y que une prudencia y justicia. Una profesional con cordura sabe valorar cada situación concreta, escucha lo que la persona trae, comprende el contexto y las circunstancias de vida, mide las consecuencias de sus decisiones y actúa desde el valor de la justicia social.
Esta cordura resulta especialmente importante en Trabajo Social, porque la realidad rara vez se presenta de forma ordenada y simple. Incluso, a veces, desde la propia intervención profesional se pueden cometer errores que tienen consecuencias en la vida de las personas atendidas y que pueden generar sufrimiento. Incluso Salcedo Megales nos recuerda que es posible que la persona atendida acierte y que el profesional se equivoque algunas veces, de ahí la importancia de no convertir nuestro criterio técnico en una forma de imposición sobre la vida ajena. Por tanto, la prospección profesional para desentrañar necesidades y problemas es fundamental para clarificar (las personas no portamos etiquetas clasificadoras en lugar visible), sino que llegan con historias, emociones, miedos, contradicciones, necesidades y también capacidades. La cordura ayuda a intervenir sin rigidez, con criterio profesional y con sensibilidad y cordura hacia la vida concreta de cada persona.
Junto a la cordura, Idareta señala otras virtudes que pueden formar parte del carácter moral de una buena profesional del Trabajo Social, como el respeto, el cuidado, la sinceridad, la integridad, el desprendimiento, la compasión, la benevolencia, la amabilidad, la confianza, la valentía, la vocación, la alegría, la solidaridad, la competencia técnica, ética y emocional, y la humildad.
En este punto de la conversación, intervienen Nuria Cordero, Raúl Álvarez y Manuel Flores para introducir un matiz importante relacionado con la histórica feminización de la profesión de Trabajo Social, y de ahí que ciertas virtudes como el cuidado, la compasión, la vocación o la disponibilidad hacia la otra persona, puedan ser interpretadas como una extensión “natural” de la supuesta disposición al cuidado por parte de las mujeres, y no como una práctica profesional que requiere formación, criterio, reconocer el desgaste emocional que genera, responsabilidad y reconocimiento dentro del ámbito estricto de la vida pública. Es importante no convertir estas virtudes que forman parte del contrato de género en una exigencia de sacrificio silencioso, recuerdan estos tres autores. De este modo, si convenimos que todas estas cualidades y virtudes son necesarias, vamos a trabajar para que los entornos profesionales las fomenten también, y no sólo las personas que ejercen, que por supuesto, también.
De este modo, Nuria Cordero, Raúl Álvarez y Manuel Flores ahondan en una cuestión muy necesaria en esta conversación (alguien tiene que decirlo), pues no todo depende de la capacidad de cada persona para mirarse a sí misma, para tratar de cultivarse y ser mejor profesional y generar relaciones de confianza, a través de actitudes de respeto, sinceridad, compasión y amabilidad, entre otros. Para que la ética pueda encarnarse de verdad en la práctica cotidiana, también deben existir contextos profesionales que lo hagan posible, porque de lo contrario cada persona profesional puede quedarse sola vendiendo arena en el desierto, en su intento de tratar de cultivar todo ese repertorio de virtudes, en contextos verdaderamente complicados y asfixiantes.
En línea con lo anterior, si las instituciones no cuidan y no permiten el cuidado hacia sus profesionales, va a ser muy complicado que tales profesionales eviten moverse desde esquemas de supervivencia, y desde estos esquemas es más complicado proyectarse hacia la autorrealización: hacer el bien, escuchar bien, deliberar con calma, cuidar los vínculos, transmitir confianza, revisar un dilema ético o sostener emocionalmente una intervención, cuando sea necesario. Hay otros factores que juegan en contra del cultivo de la virtud, y es necesario traerlos a colación, como la falta de tiempo para la reflexión, la carga de trabajo, la burocracia, la ausencia de espacios de supervisión, y la ausencia de espacios de cuidado. Por ello, todo no depende únicamente de la virtud de la profesional, aunque también, sino que debe ser favorecido e impulsado por las propias organizaciones, a través de modelo de funcionamiento que pongan en el centro los cuidados.
El cuidado ayuda a acompañar sin invadir, a sostener sin anular y a atender sin convertir la intervención en un simple trámite, y por este motivo los cuidados deben estar situados en el centro de la intervención profesional, y en el centro de toda la organización de la intervención en el ámbito del Trabajo Social, como un eje sobre el que pivota todo lo demás, incluido el desarrollo de las virtudes profesionales.
La integridad sostiene la coherencia profesional y permite actuar de acuerdo con los valores del Trabajo Social, pero cuando la presión institucional ahoga y no hay un entorno amigable con la necesidad de buscar la auto-regulación frente a las tensiones y el estrés, puede que los y las profesionales se vean arrastrados por una inercia de intervenir de forma menos exigente desde el punto de vista técnico y humano, o dicho de otro modo, más mecánico y deshumanizado. La compasión, en el sentido que recoge Cortina, es la capacidad de percibir el sufrimiento ajeno y comprender que ese sufrimiento nos reclama una respuesta ética, pero hay veces que esa respuesta no llega como mecanismo de autoprotección. A veces la profesional se protege a través de la desafección, y no podemos juzgarla, sino cuidarla y acompañarla en el proceso, sobre todo para que sepa lo que le sucede. Ayudar a quién ayuda también es un acto de responsabilidad.
La propuesta concreta de Idareta es una mirada hacia adentro, para cultivar las virtudes que nos pueden ayudar a ser mejores profesionales; también abrir un debate dentro de la profesión sobre qué virtudes queremos cultivar y qué significado tienen en nuestro contexto profesional. Esta propuesta se orienta al bien, que es el fin último que persigue la ética. La aportación de Cordero, Álvarez y Flores es una mirada hacia afuera, de modo que permite ampliar la reflexión de Idareta, sin desmentirla, pero poniendo el foco en la generación de ese caldo de cultivo que puede facilitar o dificultar que las profesionales desplieguen su potencial, el entorno que envuelve a esas personas y las permite florecer, la institución de referencia para la que trabajan. Entrenar virtudes como la cordura, la compasión, la valentía, la humildad o el cuidado requiere también contextos laborales donde sea posible pensar, desahogarse, interaccionar, revisar, supervisar, descansar, coordinarse y sostenerse con otras.
De las palabras de Idareta y de Cordero, Álvarez y Flores podemos extraer que se necesitan sendos movimientos, la mirada hacia adentro, para cultivar las virtudes que te pueden ayudar a ser mejor profesional; y la mirada hacia afuera, para reclamar a las instituciones modelos organizativos que integren el cuidado, por tanto comprometidas con cuidar, reconocer y sostener a quienes cuidan.
Fuentes
- Idareta-Goldaracena, F. (2021). ¿Cuáles son las virtudes morales para ser una buena trabajadora social? Aproximación de la ethica cordis de Adela Cortina al Trabajo Social. Trabajo Social Global, Global Social Work.
- Cordero Ramos, N., Álvarez, R. y Flores Sánchez, M. (2025). Cuidar desde dentro y hacia dentro: ética relacional y responsabilidad profesional en los Servicios Sociales, en Álvarez Pérez, R., Cordero Ramos, N. y Flores Sánchez, M. (eds.), Ética profesional en servicios sociales comunitarios: la necesaria relación entre derechos, deberes y cuidados. Tirant Humanidades.
- Salcedo Megales, D. (2015). El buen profesional. Cuadernos de Trabajo Social, 28(1), 19-26.