El análisis del descriptor cuidados en el manual Ética profesional en servicios sociales comunitarios. La necesaria relación entre derechos, deberes y cuidados, editado por Raúl Álvarez Pérez, Nuria Cordero Ramos y Manuel Flores Sánchez, y publicado por Tirant lo Blanch en 2025, y en el que tengo el orgullo de participar como autora a través de un capítulo dedicado a la Auditoría Ética Aplicada a los Servicios Sociales de Andalucía, permite observar que el manual trabaja el concepto como una categoría ética, relacional, profesional e institucional, que conecta la manera de acompañar a la ciudadanía con las condiciones en las que las profesionales sostienen cotidianamente la intervención social.
- El cuidado como una práctica ética, relacional y de derecho
Desde una perspectiva ética, el cuidado se define como una práctica humana colectiva y relacional, que actúa como la forma básica y primaria de satisfacer las necesidades de los otros. Desde esta perspectiva, la práctica profesional no se entiende solo desde la aplicación de normas, recursos o procedimientos, sino desde la capacidad de responder a personas concretas, situadas en contextos determinados y afectadas por historias, emociones, responsabilidades y vínculos que le pueden estar generando tensión y sufrimiento.
El manual incide en atender al particularismo, al contexto, al tiempo y al lugar, y relacionarlo con las virtudes profesionales, el buen juicio, la cercanía, la honestidad y la capacidad de generar confianza. En este marco, la ética del cuidado se presenta como parte de la ética de las relaciones y como una práctica humana colectiva orientada a responder a las necesidades de los otros, de modo que cuidar no se reduce a una disposición privada, sino que adquiere también una dimensión pública, de derecho y de responsabilidad compartida (p. 40).
Bajo este enfoque, cuidar implica:
- Una disposición del profesional a actuar por el bien, siendo genuinamente atenta, auténtica y sensible a las expectativas y necesidades específicas de las personas.
- El desarrollo de virtudes como la honestidad, la cercanía y la confianza.
- Su reconocimiento no solo como un acto privado o deber, sino como un acto público, un derecho global y una responsabilidad compartida que genera principios de cooperación y bondad.
- La cara amarga: El malestar por la falta de cuidados al profesional
El manual baja a la realidad de los Servicios Sociales Comunitarios (especialmente analizando el contexto andaluz) y evidencia que el cuidado no se está aplicando de manera bidireccional. Existe un profundo malestar y desgaste profesional (expresado en términos de angustia, impotencia, frustración y la sensación de estar «quemadas») provocado por dinámicas institucionales que deshumanizan la intervención y obligan a «parchear situaciones» por falta de tiempo razonable.
Volviendo a los datos del manual que estamos trabajando (p. 113), debemos destacar:
- El 63,5% de las profesionales se sienten poco o nada cuidadas por la institución.
- El 59% experimenta soledad en la atención institucional.
- Ante esto, la «tabla de salvación» termina siendo el apoyo del propio equipo (60%) y los superiores inmediatos (71,9%), obligando a un 56,5% de las profesionales a costearse y gestionar sus propios autocuidados de forma externa. Un abrumador 97,5% concluye que la institución debería cuidar más a quienes cuidan.
- El cuidado institucional como una cuestión de justicia y resiliencia
Finalmente, el descriptor de «cuidados» exige una transformación en la estructura de las organizaciones, para pasar de formas rígidas a la asunción de la sensibilidad, como cuestión estructural de los seres humanos (seres pensantes, seres sintientes y seres dolientes). No puede haber una política pública de cuidados que sea verdaderamente ética o transformadora si no se sostiene sobre estructuras organizativas sensibles.
Para que el cuidado sea real en la «puerta de entrada» del sistema, debe traducirse en acciones institucionales concretas:
- Relaciones laborales cuidadas y espacios de supervisión compartida.
- Redistribución emocional y reconocimiento mutuo para construir equipos resilientes capaces de sostener acompañamientos humanos.
- Incorporar la perspectiva de género, lo que implica entender el cuidado institucional como una cuestión de justicia de género, reconociendo explícitamente la alta feminización del sector de los servicios sociales.
En los servicios sociales comunitarios, cuando hablamos del término cuidados se unifica la calidez relacional de la intervención con la justicia laboral de cara a sus profesionales. Cuidar es el acto público de responder con sensibilidad al ciudadano, pero también la obligación institucional de proteger la salud emocional y los tiempos de los profesionales que sostienen el sistema, pues sin cuidar a las profesionales, la intervención ética se vuelve imposible.
Y ahora, centrándonos de forma específica en uno de los capítulos centrales de este manual, titulado “Cuidar desde dentro y hacia dentro: ética relacional y responsabilidad profesional en los servicios sociales”, cuyos autores son Nuria Cordero Ramos, Raúl Álvarez Pérez y Manuel Flores Sánchez (pp. 117-136), encontramos algunas claves especialmente útiles para llevar esta reflexión al terreno de la práctica. Si esta entrada de blog es leída por personas con responsabilidad en la gestión pública, en la dirección de centros o en el diseño de políticas sociales, la pregunta principal que aparece no es solo por qué debemos cuidar, sino cómo convertir esa idea en decisiones organizativas reales.
Las personas autoras recuerdan que el contexto provocado por la pandemia de COVID-19 aceleró procesos de digitalización, fragmentación institucional y desgaste profesional que obligan en la actualidad a revisar la inercia de una organización centrada casi exclusivamente en la eficiencia burocrática. Para que la “puerta de entrada” al Sistema Público de Servicios Sociales no se limite a contener el malestar, sino que pueda funcionar como una estructura sensible a la vulnerabilidad de las personas y de los equipos, el cuidado debe situarse como un principio organizador del sistema.
EL CUIDADO EN EL CENTRO, COMO EJE VERTEBRADOR DEL FUNCIONAMIENTO DEL CENTRO DE SS.SS:
A partir de las reflexiones de este capítulo, podemos plantear tres líneas de acción urgentes y realistas para la gestión de los Servicios Sociales Comunitarios desde este enfoque del cuidado:
1. Progresiva desburocratización y recuperación del tiempo relacional Cuidado hacia las personas atendidas
Las personas responsables de la gestión pública deben comprender que el tiempo no es solo una cuestión de agenda o de presupuesto, sino una condición ética de la intervención. Una política pública de cuidados que quiera ser transformadora necesita avanzar en dos direcciones:
Auditar y simplificar los procesos de tramitación. Es necesario reducir la carga de gestión documental que asumen las profesionales, no para debilitar las garantías del sistema, sino para recuperar tiempo destinado al vínculo, a la escucha activa y al respeto a los ritmos vitales de la ciudadanía.
Superar el modelo de la prestación pasiva. Las agendas institucionales deben rediseñarse para transitar desde la urgencia administrativa hacia un enfoque centrado en las capacidades, donde la persona atendida sea reconocida como sujeto con capacidades, historia y trayectoria propia, y no como un expediente que debe resolverse con rapidez.
2. Institucionalización de la salud relacional del equipo y del Cuidado hacia las profesionales
El autocuidado no puede seguir recayendo únicamente en la responsabilidad individual de las profesionales, ni depender de actividades que cada una busca y se costea fuera de su jornada laboral (no se trata de trabajar en terapia o con un coach lo estructural de cada centro de trabajo). La dirección de los servicios debe asumir el cuidado de sus equipos como una responsabilidad estructural, e incorporarlo de manera progresiva.
Espacios formales de supervisión y descompresión emocional. Resulta necesario incorporar, de forma sistemática y dentro del tiempo de trabajo, espacios de supervisión compartida, preferentemente acompañados por profesionales externos. Estos espacios permitirían romper la soledad institucional, elaborar situaciones difíciles y prevenir el desgaste relacional.
Garantía de ratios adecuadas y sustituciones ágiles. Sostener intervenciones humanizadas requiere plantillas estables y suficientes. El aumento de las bajas laborales vinculadas al estrés y al desgaste profesional exige respuestas políticas rápidas, cobertura efectiva de las ausencias y una revisión realista de las ratios de población asignada por profesional.
3. Incorporación de la justicia de género en las culturas organizativas
Dado que los Servicios Sociales Comunitarios cuentan con una fuerza de trabajo profundamente feminizada, la gestión de los equipos debe incorporar la perspectiva de género de forma concreta y no solo declarativa.
Políticas reales de conciliación y corresponsabilidad institucional: es necesario diseñar estructuras de flexibilidad horaria y organizativa que reconozcan la vulnerabilidad compartida y tengan en cuenta las cargas de cuidados que muchas profesionales sostienen también en sus vidas privadas.
Redistribución emocional y reconocimiento mutuo: deben crearse canales de participación donde el saber técnico, relacional y situado de las profesionales de primera línea sea escuchado, valorado e incorporado al diseño de los planes estratégicos municipales y autonómicos. Cuidar también significa reconocer la experiencia de quienes sostienen cada día la intervención.
Para cerrar esta entrada de blog, como se recuerda al inicio del capítulo, a partir de Hannah Arendt, “el mundo común se nos escapa si no cuidamos de él”. Modificar los indicadores de éxito de nuestros servicios sociales, valorando no solo el número de recursos asignados, sino también la calidad ética y humana de los acompañamientos, es una decisión profundamente política. El cuidado institucional de quienes sostienen el Sistema no es una concesión amable ni una muestra de buena voluntad, sino que es una exigencia de justicia relacional, una responsabilidad pública ineludible y una condición imprescindible para garantizar la sostenibilidad de un verdadero Estado del Bienestar.
Por Inmaculada Asensio Fernández.