Papá, ¿de ti qué me llevo?

papa

Ilustración de Sonja Wimmer en «El baúl que no tenia mi abuela», tomada de http://goo.gl/YQqx2a 

Papá y mamá viven en el corazón del hijo para siempre.

Inmaculada Asensio.

El papel del padre y de la madre ha sido profundamente estudiado desde el trabajo social, la terapia familiar y la psicología. Y no es casual, ya que ambas figuras dejan una huella muy honda en la vida de los hijos. Durante los primeros años, padre y madre son el primer mundo conocido, el primer refugio, la primera referencia desde la que el niño empieza a sentirse seguro, amado, mirado… o, en algunos casos, también herido por la ausencia, la distancia o el desencuentro.

Ambos progenitores participan, de una forma u otra, en la construcción del carácter, del temperamento y de la autonomía de sus hijos. Mi hipótesis de partida es que su presencia -o su ausencia- acompaña silenciosamente muchas de las decisiones que tomamos en la vida adulta. No como un destino sin salida del que no podemos escapar, pero sí como una raíz profunda desde la que aprendemos a relacionarnos, a confiar, a protegernos y a abrirnos al mundo.

En esta entrada de blog quiero centrarme en la huella que el padre deja en la vida de los hijos. Escribo desde lo que he podido constatar durante mis años de trayectoria profesional, escuchando a muchas personas y familias; desde lo aprendido a través de la visión sistémica, y también desde ese lugar más íntimo que me ha dado la vida, como persona, como mujer y como hija.

El padre ilumina gran parte del sendero de vida por el que camina el hijo o la hija

El padre representa una figura que nos muestra determinados roles y formas de estar en la comunidad. De nuestro arraigo a él nos nutrimos, muchas veces sin saberlo, para realizar ciertas elecciones personales, como las compañías que elegimos, los estudios o la profesión hacia los que nos inclinamos, el patrón de pareja por el que podemos sentirnos atraídos e, incluso, el nivel o tipo de vida que terminamos buscando para nosotros.

El padre marca, en gran medida, la forma en que yo me percibo hacia el exterior, ante mi grupo, ante los demás y ante ese mundo de posibilidades que aguarda fuera del conocido hogar familiar. Durante los primeros años de vida, señala parte del camino, bien desde un lugar activo de cuidado, protección y amor, bien desde una posición de ausencia, rechazo o abandono, o quizá desde ese punto intermedio, cómodo y casi invisible, en el que su presencia existe, pero no alcanza a sostener.

Muchas personas caminan por la vida divididas, por no haber obtenido el afecto, la valoración y la seguridad de los brazos de su padre.

Claro está que nadie es perfecto. Sin embargo, conviene recordar que mil veces más vale un padre errado, pero con corazón y honestidad, que un padre distante, frío o ausente, por muchas normas que intente inculcar a sus hijos para que sean buenos, educados y estudiosos.

El aprendizaje verdadero se forja en unos brazos que arropan, en una mirada que sostiene, en una presencia que acompaña. No nace de palabras vacías ni de promesas de un futuro mejor que puede que nunca llegue. Tampoco crece detrás del frío cristal de la distancia que separa nuestros mundos, cuando más necesitamos sentirnos cerca.

Del padre interiorizamos buena parte de las reglas del juego a la hora de relacionarnos. El estilo de comunicación, la claridad de los límites hacia los demás, la confianza o la cautela con la que nos abrimos a la vida, y la disposición que tendremos para explorar determinadas situaciones. De él tomamos, muchas veces sin saberlo, un primer mapa para salir al encuentro del mundo, y también una forma de reconocer hasta dónde llegamos nosotros y dónde comienzan los demás.

De una manera metafórica, podríamos decir que el padre se coloca ante el hijo o la hija y, con todo lo que es, le presenta el mundo. No sólo con palabras, sino con su manera de mirar, de confiar, de temer, de avanzar o de retirarse. Entonces le dice, desde lo más profundo de su historia, “este es un lugar seguro, confía en las personas que te rodean y en las oportunidades que vayan surgiendo, yo estoy aquí”. O, por el contrario, le transmite, quizá sin quererlo, “este es un lugar hostil e inseguro, ten cuidado, nadie puede sostenerte, ni siquiera yo”.

Y el hijo, por amor, por fidelidad, por necesidad de aprobación y por obediencia, toma ese mundo que el padre le muestra. Lo recibe en sus manos, en su cuerpo y en su forma temprana de comprender la vida. Y desde ese hilo invisible parece responderle, “papá, de ti tomo el mundo, y me formo una imagen de él a través de lo que tú me estás mostrando. Tomo las ilusiones, los valores, los miedos, las limitaciones y también las experiencias de superación que pones en mis manos”.

Igualmente, el padre mira a su hijo o a su hija y le entrega lo único que puede entregarle, aquello que la vida hizo con él y aquello que él pudo hacer con la vida. Entonces parece decirle, “te paso lo que yo he aprendido, los restos de mi evolución, es todo lo que tengo, aprovéchalo”.

Todo esto se teje de manera silenciosa. Y ese hijo sale al mundo con el paquete, con lo recibido y con lo no recibido, con la fuerza y con la herida, con el impulso y con el límite. De manera que vive, sobrevive, malvive, o disfruta con plenitud de la vida, con sus luces y con sus sombras.

Personalmente considero que nuestra relación con el entorno y con los desafíos que plantea la vida, incluida la propia supervivencia, se forja con especial fuerza a través de la figura del padre, tanto si estuvo presente como si estuvo ausente en la vida de los hijos.

Aun así, no quiero decir con esto que todo lo enunciado lo aporte en exclusiva el padre. Lógicamente, hay otras variables a tener en cuenta, todas ellas vinculadas a la estructura familiar que se haya ido creando. Por no hablar del lugar inmenso que ocupa la madre, ese otro cincuenta por ciento de la vida, y que no está siendo abordado en esta entrada de blog.

El oficio de ser padre o madre no es fácil. Cada persona carga con su propia mochila, hecha de una biografía donde conviven recuerdos gratos e ingratos, aciertos, carencias, heridas y aprendizajes. Por este motivo, no resulta adecuado prejuzgar con ligereza aquello que, muchas veces, sólo puede comprenderse cuando se mira con más profundidad.

Ahora bien, comprender no significa justificar. Y mucho menos significa pedirle a un hijo herido que ame, perdone o se acerque a quien le hizo daño. Hay dolores que necesitan distancia, límites claros y, en ocasiones, una separación firme para poder sanar. Cuando ha habido abandono, maltrato, humillación o desprotección, la rabia y el resentimiento no son un fallo del hijo. Son, muchas veces, la expresión legítima de una herida que no fue escuchada a tiempo.

Un aspecto importante es tener claro que papá y mamá, de una forma u otra, ocupan un lugar en nuestra historia y en nuestro mundo interior. A veces viven en nosotros como amor y gratitud. Otras veces como ausencia, como pregunta, como herida o como límite. No se trata de abrirles la puerta de nuestra vida si eso nos daña, sino de reconocer qué lugar ocupan dentro de nuestra casa interior, para que ese lugar no gobierne en silencio todo lo demás.

Por este motivo, has de poner especial atención en los huéspedes que permanecen dentro de ti.

Si sientes rabia o resentimiento hacia tu padre, no hay nada malo en ti. Tal vez esa rabia haya sido necesaria para protegerte, para nombrar lo injusto o para poner una línea donde antes no la hubo. Pero si con el paso del tiempo esa rabia se queda a vivir dentro de tu casa, puede terminar ocupando habitaciones que también necesitan luz, calma y vida propia.

Si sientes amor hacia tu padre, a través de los buenos recuerdos de lo que fue un padre entregado, dulce y protector, la entrega, la dulzura y la protección se alojarán en ti como una fuerza disponible.

Si sientes compasión hacia tu padre, desde la comprensión de lo que no pudo ofrecerte, o de lo que no puede ofrecerte hoy por su vejez, por su muerte, por su historia o por la circunstancia que sea, esa compasión puede convertirse en un huésped sereno. Pero la compasión verdadera no obliga al hijo a negar su dolor, ni a justificar lo injustificable, ni a renunciar a sus propios límites.

Una vez eres adulto, no se trata de medir si tu padre te dio todo ese alimento que suponemos que habría sido bueno para ti, o si no pudo dártelo. Se trata de mirar qué haces ahora con aquello que recibiste y también con aquello que faltó. Ya eres grande, aunque dentro de ti pueda seguir viviendo una parte pequeña que todavía espera, reclama o llora. Y esa parte merece ser atendida con amor, no silenciada con exigencias de perdón.

Lo que no te ha sido transmitido de manera natural a través de los lazos familiares, habrás de construirlo tú mismo, con creatividad, con arrojo y, por qué no decirlo, con cierta ayuda. No para absolver a quien dañó, sino para que el daño no siga decidiendo por ti. No para amar por obligación, sino para vivir con mayor libertad.

Merece la pena caminar hacia nuestra vejez con el propósito de transformar la simiente que nos fue dada, para poder entregarla de una forma más amable, más consciente y más luminosa. Sea a nuestros hijos biológicos, a nuestros hijos no biológicos, o a los hijos de la madre tierra.

Autora, Inmaculada Asensio Fernández

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